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Innovación en productos sostenibles: así se fabrica un futuro más verde

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La innovación es sostenible en sí misma. Si no lo fuera, no se debería hablar de innovación. Hay más edificios e infraestructuras que árboles y plantas. Y los plásticos que genera el ser humano, y que suponen el 14 % de nuestra basura, pesan más que todos los animales marinos y terrestres juntos. Apostar por productos que puedan reutilizarse, reciclarse o degradarse en la naturaleza es el objetivo.

Brancaleone es una localidad italiana que cuenta con una entidad muy especial: un hospital de tortugas. Situado en la punta de la bota italiana y bañado por las aguas del mar Jónico, el Centro Recupero Tartarughe Marine es desde 2016 un referente en la conservación de estos reptiles en el Mediterráneo. Cada año, salva una media de 50 animales que llegan heridos por artefactos de pesca o enfermos por la contaminación. Más de la mitad llevan plástico en sus estómagos.

El problema del plástico no es más que la punta de un gran iceberg. En los últimos 120 años de nuestra historia, el ser humano se ha centrado en producir y consumir, dejando tras de sí una civilización llena de bienes, pero también de residuos. Un estudio realizado por el Weizmann Institute of Science señala que, a finales de 2020, la masa de todos los objetos creados por el ser humano superó la de los seres vivos por primera vez en la historia.

Vivimos en un planeta en el que la masa de edificios e infraestructuras es mayor que la de los árboles y las plantas, y en el que los plásticos pesan más que todos los animales marinos y terrestres juntos. Cada vez más señales alertan de la necesidad de dar la vuelta a esta tendencia y cambiar nuestro sistema de producción y consumo. Una de las premisas para conseguirlo se basa en apostar por la innovación de productos sostenibles, que puedan reutilizarse, reciclarse o degradarse en la naturaleza.

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La primera opción: el reciclado

En los últimos años, numerosas líneas de investigación se han centrado en introducir materiales reciclados en los productos y, a su vez, mejorar su posterior capacidad de tener una segunda vida. Enfocándose, así, en una de las muchas erres que el movimiento ecologista propone para conseguir un estilo de vida más sostenible: reciclar, reducir, reutilizar o recuperar, entre otras. Las conocidas como 4R.

Para lograr que los productos sean reciclables, es muy importante que los diferentes materiales que los forman puedan separarse entre sí y sean lo más uniformes posible. “En ocasiones, donde solo vemos plástico, hay en realidad diferentes capas con propiedades distintas: hay polietileno, EVA o adhesivos, por ejemplo. Esto hace que el reciclado sea muy complejo”, explica Luis Gil, jefe de proyecto del Departamento de Tecnologías de Envase del centro tecnológico AINIA.

Para evitar este problema, otra de las tendencias más relevantes en la actualidad pasa por reducir capas y utilizar monomateriales. Esto aumenta la capacidad de reciclaje, pero también puede reducir la vida útil de los productos, algo que no siempre convence a los productores ni a los consumidores. “A veces el problema está en que los consumidores queremos que los productos tengan una determinada imagen. Si por cambiar de material van a perder ciertas propiedades, ya no los queremos. En este sentido es necesario educar y concienciar a la sociedad de la necesidad de un cambio”, señala Gil.

El potencial de los envases biodegradables

Se calcula que la materia orgánica representa alrededor de un 40 % de nuestra basura, mientras que el plástico supone cerca del 14 %. Si ambos se pudiesen compostar, más de la mitad de nuestros residuos se convertiría en abono para la tierra. Con cifras como estas como referencia, numerosos laboratorios y centros de investigación de todo el mundo trabajan para crear nuevos productos biodegradables.

Un buen ejemplo son los plásticos biodegradables compostables. Estos pueden proceder tanto de fuentes renovables como de fuentes fósiles, y se descomponen en condiciones de compostaje al final de su vida útil. Así, los envases creados con este material se pueden desechar junto a los residuos orgánicos (sin necesidad de separarlos).

Se usan, por ejemplo, para fabricar bolsas. “Estas bolsas son una solución muy interesante, porque valen para transportar alimentos y, ya en casa, para separar los residuos orgánicos y tirarlos al contenedor correspondiente”, explica Luis Gil. Pero sus usos no terminan ahí. Estas son algunas de las posibles aplicaciones que propone la Asociación española de plásticos biodegradables y compostables (ASOBIOCOM):

  • Envases de alimentos
  • Cápsulas de café y bolsas de té e infusiones
  • Etiquetas informativas para fruta y verdura
  • Monodosis de productos orgánicos como sal, azúcar o aceite
  • Envases para productos frescos, como carne o pescado
  • Aplicaciones agrícolas como acolchados, mallas o clips

Existen también los plásticos hidrosolubles. Aquellos que, además de biodegradarse en condiciones de compostaje, pueden hacerlo en agua. Se utilizan en bolsas de lavandería, papel film para envasado o pastillas de detergente, por ejemplo.

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Productos que salen de la basura

La investigación ha permitido desarrollar productos innovadores en terrenos que, hace apenas unas décadas, eran inimaginables. En los laboratorios de AINIA, por ejemplo, se están creando biopolímeros PHA (sustancias biodegradables) a partir de residuos.

“Los generamos a partir del suero láctico del queso, de restos de mondas de patata o del azúcar de aguas de zumos, por ejemplo”, explica Luis Gil. “Lo interesante es que los biopolímeros no provengan directamente de fuentes de alimentación humana. Si se tomasen del maíz, la remolacha o la soja, se podrían incrementar los precios de estos alimentos en el mercado. Por eso intentamos hacerlos de subproductos o residuos, como aceites de cocinas y restaurantes, por ejemplo”.

Los materiales basados en biopolímeros pueden utilizarse para transportar alimentos y otros productos, aumentando así las opciones de integrar envases biodegradables en el mercado.

Retos y desafíos de los envases ecológicos

Hoy en día, la innovación de productos hace posible sustituir, en muchos casos, los plásticos y otros materiales de alto impacto ambiental por otros más sostenibles. Llegado a este punto, es inevitable hacerse la siguiente pregunta: ¿por qué no se ha hecho ya? La respuesta, como suele suceder cuando se tratan temas relacionados con el medioambiente, es compleja.

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En primer lugar, entra en juego el mercado. “En el caso de numerosos materiales, no ha habido suficiente demanda, por lo que las empresas no han invertido mucho en su estudio. Algunos han sido desarrollados en producciones pequeñas, por lo que los precios son más caros”, asegura el experto Luis Gil.

Es relevante también el papel del consumidor. “La mayoría de los materiales biodegradables o más sostenibles tienen prestaciones distintas a las de los habituales. Por ejemplo, podemos hacer botellas biodegradables, pero no serán transparentes. Muchos consumidores no las quieren, aunque se les explique que son biodegradables y reciclables y, por lo tanto, más respetuosas con el planeta”, continúa el jefe de producto del Departamento de Tecnologías de Envase de AINIA.

Esto nos lleva directamente a otro punto importante: la falta de concienciación e información. De acuerdo con Gil, un problema importante es que muchos consumidores no conocen las implicaciones de los materiales que utilizan. “Y hay muchas empresas que se están aprovechando de estos huecos. Falta una regulación en estos términos”, señala.

Es complicado, además, señalar qué materiales son realmente los más sostenibles. El debate lleva, una vez más, a un planteamiento básico: la verdadera solución no está en la innovación de productos, sino en consumir cada vez menos. “Ahora mismo –continúa Gil– las principales tendencias apuestan por el reciclado, los monomateriales y los materiales compostables. Sin embargo, el siguiente paso será evitar crear cualquier tipo de envase. Tras el reciclaje, el siguiente gran hito será la reutilización”. Recordando, una vez más, que el producto más sostenible es aquel que ya existe o el que nunca se puso en el mercado.

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