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Las abejas, aliadas para detectar microplásticos en el medioambiente

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Los microplásticos, fabricados intencionadamente o fruto de la degradación, son un problema a escala global. Una reciente investigación de expertos daneses y españoles ha descubierto que las abejas son buenos bioindicadores del nivel de contaminación con estos materiales.

En el fondo del mar, en el agua embotellada, en las tierras de cultivo y hasta en el aire que respiramos. Los microplásticos están presentes en prácticamente cualquier rincón de nuestro entorno, un hecho que, unido a su pequeño tamaño, hace que sea difícil contabilizar y medir su impacto en el medioambiente.

Un equipo de investigadores ha dado con una solución sencilla y efectiva para encarar este problema: utilizar abejas como bioindicadores del nivel de contaminación de áreas concretas. Al desplazarse para encontrar néctar y flores, retienen en sus cuerpos fragmentos de plástico y fibras presentes en el aire y en diferentes superficies. Se convierten, así, en pequeñas rastreadoras de estos contaminantes.

Un estudio alrededor de Copenhague

Un grupo de investigadores de diferentes universidades españolas, en colaboración con miembros de la Asociación de Apicultores de Dinamarca, ha analizado muestras de más de 4.000 abejas obreras de 19 colmenas de Copenhague y sus alrededores. Estas abejas estaban ya sin vida, y se recogieron en primavera, la época de máxima actividad de los enjambres.

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El resultado del análisis fue esclarecedor. De acuerdo con el estudio ‘Honeybees as active samplers for microplastic’, publicado en la revista ‘Science of total environment’, se encontraron 13 tipos de polímeros sintéticos en los cuerpos de los insectos. Estaban pegados a su tórax, abdomen, alas o patas.

El análisis ha servido para identificar los tipos de fragmentos o fibras más presentes en el área analizada:

  • Fibras de poliéster (muy habituales en tejidos)
  • Polietileno (presente en objetos tan habituales como las botellas)
  • Resina epoxi (utilizada para recubrir sistemas eléctricos o como adhesivo)
  • Acetato de polivinilo (un compuesto que se encuentra en pegamentos y pinturas)

Aunque la carga más alta de estas partículas se encontró en las zonas urbanas, no se detectaron grandes diferencias entre estas y otras suburbanas y rurales. Según los propios investigadores, esto puede deberse a la presencia de asentamientos humanos dentro del área en la que se mueve cada grupo de abejas (de un radio de unos 8 kilómetros, aproximadamente). Otra causa posible es que los microplásticos sean desplazados por el viento, para terminar esparcidos en cualquier lugar.

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Un problema de dimensiones globales

En 1950, el mundo produjo unos dos millones de toneladas de plástico. En 2015, este número se había multiplicado por casi 200, y la producción llegó a alcanzar los 381 millones de toneladas. Se estima que la cifra seguirá creciendo para dar respuesta a una demanda cada vez más alta.

De no evitarse, gran cantidad de estos materiales terminará integrándose en la naturaleza en forma de microplásticos. En general, existen dos tipos de microplásticos: los primarios, aquellos que se fabrican intencionadamente con un tamaño pequeño para formar parte de cosméticos o productos de limpieza, por ejemplo, y los secundarios, aquellos que provienen de la degradación de materiales más grandes. A su vez, estos pueden provenir de la fragmentación de productos como bolsas u otros envoltorios, por un lado, o de las emisiones generadas durante el transporte terrestre, por el otro (un ejemplo son los microplásticos que lanzan los neumáticos de los automóviles al circular por la carretera).

Independientemente de su origen, estas partículas, que pueden medir entre cinco milímetros y escasos nanómetros, se introducen en el medioambiente y en nuestra cadena trófica. Todavía está por determinar el verdadero impacto que su presencia puede tener en nuestra salud y en la de la naturaleza. Para conocerlo, es necesario entender dónde se encuentran y en qué cantidades. Y es aquí donde pueden entrar en juego las abejas. De acuerdo con los investigadores, analizar enjambres y colmenas es más económico y sencillo que utilizar muchos de los sensores de monitorización ambiental actuales.

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