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¿Qué es la dureza del agua y cómo afecta a su consumo?

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La dureza del agua está relacionada con los minerales que contiene. Es más dura cuanto mayor sea la cantidad de minerales disueltos en ella, y por lo tanto, las aguas blandas están casi libres de ellos. La mayor concentración de sustancias como la cal es una característica que afecta al sabor, a su comportamiento en la cocina, al funcionamiento de los electrodomésticos y al mantenimiento de las tuberías y redes de distribución, pero no tanto a la salud humana.

Los términos aguas blandas y duras (o también gruesas) hacen referencia, de una manera coloquial, a esta característica que determina las propiedades organolépticas del líquido. Es decir, cómo sabe y cómo se ve en función de los minerales disueltos en el agua potable.

La Organización Mundial de la Salud (OMS), en un documento sobre el particular que sirve como base a las guías de esa institución relativas a estas propiedades, lo define como la medida de los “iones metálicos polivalentes provenientes de rocas sedimentarias, filtraciones y desprendimientos del suelo”. Dichos iones están en directa sintonía con la geomorfología de cada región. Esto es, que en cada país del planeta suele existir una amplia variabilidad de la dureza del agua y por tanto de su aspecto y sabor.

Por el contrario, el agua blanda es aquella con una concentración baja de estos minerales. En la naturaleza suele proceder de fuentes en entornos de piedras areniscas con muy bajo contenido de calcio y magnesio. A simple vista la diferencia entre aguas duras y blandas se aprecia porque las primeras generan menos espuma al contacto con el jabón. Además, necesitan más tiempo de remojo y cocción en la preparación de alimentos.

Pero lo esencial para la tranquilidad de los consumidores es saber que una mayor dureza, o blandura, dentro de los parámetros exigidos a un agua potable, no tiene ningún efecto negativo demostrado sobre la salud.

Sin riesgo ni beneficio

Un agua considerada dura incluirá por cada litro unos 100 miligramos de calcio y alrededor de 50 miligramos de magnesio, según detalla la OMS. Las dosis recomendadas para ambos minerales en la dieta diaria están estimados en 1.000 miligramos del primer elemento y entre 200 y 400 del segundo. Además, el peligro de una sobreingesta de calcio se sitúa en 2.500 miligramos de calcio al día. Por tanto, sería necesario beber una cantidad desmesurada —más de 20 litros — para producir un efecto adverso en la salud. Hay que tener en cuenta que el consumo diario recomendable es de unos dos litros.

Los beneficios tampoco están demostrados. La OMS detalla que los estudios analizados no son concluyentes respecto a que la ingesta de aguas duras suponga un efecto saludable. Existen, no obstante, leves indicios de que un determinado consumo de magnesio disuelto en el agua podría ser beneficioso para varones y negativo para mujeres respecto a la salud cardíaca en las demografías de mayor riesgo, según un estudio holandés. La OMS, sin embargo, indica que dicho informe no es concluyente y es “necesaria una mayor investigación”.

Seguimiento del perfil acuático

Muchos países incorporan a través de diferentes plataformas información sobre las características del agua. En España, por ejemplo se hace a través de la web del Sistema de Información Nacional de Agua de Consumo y de sus informes anuales de Calidad de agua de consumo humano. En total, 58 parámetros son medidos y controlados año a año para todo el territorio.

Generalmente, los mayores problemas asociados con la dureza del agua se relacionan con otros usos más allá de su ingesta. “Técnicamente, un agua más dura puede a largo plazo ser más incrustante, pudiendo precipitar las sales de calcio en tuberías de distribución domiciliarias y así reducir su sección útil. En la red general esto tiene menos importancia por los grandes diámetros de las canalizaciones. Además, a nivel doméstico, supone un gasto extra en el uso de electrodomésticos, ya que necesitan usar más jabón o productos específicos para impedir que se deposite la cal en las resistencias que calientan el agua o que apague el brillo de las vajillas”, indica Alfonso González del Rey, subdirector de Calidad de las Aguas de Canal de Isabel II, en Madrid. Este mismo riesgo también se da en las operaciones industriales, donde se generan aguas que a veces exigen tratamientos complejos y costosos para controlar su elevada dureza y evitar los depósitos de la cal.

Cuestión de buen gusto

“¿Podríamos eliminar la dureza de las aguas de cualquier ciudad para que tuvieran un sabor más agradable? Técnicamente sí, pero sería un disparate. Otros asuntos exigen mucha más atención e inversión de dinero público. También se llegó a proponer fluorar el agua por sus beneficios contra las caries. Nosotros nos opusimos porque nos parecía una barbaridad incorporar ese componente químico en las aguas de una región cuando el efecto beneficioso para la salud dental se consigue con un dentífrico”, explica Fernando Morcillo Bernaldo de Quirós, presidente ejecutivo de la Asociación Española de Abastecimientos de Agua y Saneamiento.

Los medios tecnológicos están disponibles para eliminar la dureza acuática. Por ejemplo, algunos restaurantes instalan filtros y purificadores. Morcillo opina que se trata de un “lujo a resolver por cada uno” y que el servicio público debe asegurar el estándar de calidad sin entrar en estos aspectos organolépticos que no suponen ningún tipo de perjuicio para la salud.

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