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¿Cómo sería el mundo sin emisiones de gases de efecto invernadero?

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Vamos a viajar a 2050, a un mundo que celebra el fin de la descarbonización, que es más sostenible y limpio. Hoy todavía es una utopía. Varios expertos dibujan cómo sería vivir en la Tierra si actuáramos ya: clima más estable, más hielo en el Ártico y un aire más limpio que supondría, entre otras cosas, la reducción de ingresos hospitalarios por contaminación.

Hoy es 31 de diciembre de 2050, y el mundo celebra el fin de la descarbonización. Todos los países, sin excepción, han dejado de depender de los combustibles fósiles y se abastecen de energías renovables. Los transportes, las viviendas y las industrias son menos contaminantes y apenas tienen impacto en el medioambiente.

El mundo es, hoy, mucho más limpio y sostenible que en las décadas anteriores. Manglares y bosques ayudan a absorber el dióxido de carbono (CO2) que durante décadas el hombre ha emitido sin medida a la atmósfera. La temperatura media del planeta ha dejado de subir y se prevé una progresiva estabilización. Millones de toneladas de agua vuelven a ser hielo en el Ártico, que recupera hábitats para especies como el oso polar que ha estado a punto de extinguirse. Los océanos se han desacidificado y han recuperado su color. Todo el transporte mundial está electrificado o consigue su energía de fuentes renovables, especialmente el hidrógeno verde que definitivamente se ha generalizado. Las grandes urbes han recuperado espacios verdes robados al tráfico rodado de automóviles. Unas ciudades más limpias donde la boina de la contaminación es sólo un mal recuerdo.

Precisamente recuerdos, malos recuerdos de un tiempo anterior copan espacios en museos y hemerotecas: titulares que alertaban de un desastre climático, incendios, inundaciones, imágenes de manifestaciones para salvar los océanos, publicidad de supermercados en los que todo estaba empaquetado en plástico. Hoy en 2050, parecen imágenes propias de una distopía.

Sin embargo, en 2021 la descarbonización era, todavía, una utopía, un mundo que se preparaba para dejar de depender de los combustibles fósiles y mitigar el cambio climático. Numerosos países se han marcado como objetivo reducir a cero sus emisiones de gases de efecto invernadero para mediados de siglo. ¿Qué podemos ganar si lo conseguimos?

Un clima más estable y hielo en el Ártico

El clima de la segunda mitad de este siglo dependerá en gran parte de las medidas que se tomen hoy. Si se da el escenario más optimista contemplado por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), será posible mantener la subida de las temperaturas medias entre 1,5 y 2 grados Celsius con respecto a los niveles preindustriales en las próximas dos décadas.

“En un mundo en el que los esfuerzos de reducción de emisiones y captura de CO2 han sido ambiciosos, podría notarse una estabilización de las temperaturas poco después del año 2050”, explica Francisco J. Dobles Reyes, director del Departamento de Ciencias de la Tierra del Centro Nacional de Supercomputación de Barcelona (BSC) y coordinador del capítulo 10 del sexto y último informe del IPCC.

“En este escenario se alcanzaría una subida máxima a mitad de siglo, y a partir de ese punto la temperatura comenzaría a descender ligeramente. De este modo, en torno al año 2100 se estabilizaría en una media 1,5 ºC por encima de la del periodo preindustrial”, explica Dobles.

También sería posible estabilizar el nivel de acidez del océano y el estado del hielo marino en el Ártico durante los meses de verano. Sin embargo, reducir las emisiones no conseguiría evitar la subida del nivel del mar. De acuerdo con el profesor, aun en el caso más agresivo de mitigación, se alcanzaría inevitablemente una subida en torno a 40 y 60 centímetros a finales de siglo.

“Hay varios fenómenos que favorecerían este fenómeno. Por un lado, los océanos seguirían absorbiendo energía de la atmósfera, calentándose y expandiéndose en consecuencia”, explica Reyes. “Por el otro, las placas de hielo continentales, como las de Groenlandia o los glaciares de las montañas, continuarían derritiéndose porque son procesos con mucha inercia. De este modo, seguirían contribuyendo a la elevación del nivel del mar”. La mejora, en este caso, se vería más a largo plazo.

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Un planeta más saludable

Reducir por completo las emisiones de gases de efecto invernadero tendría también un impacto muy importante en nuestro bienestar. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), la contaminación del aire es una de las mayores amenazas medioambientales para la salud, solo comparable al cambio climático. La exposición al aire contaminado causa siete millones de muertes prematuras cada año, además de numerosas enfermedades.

En la actualidad, gran parte de estos agentes contaminantes derivan de la quema de combustibles fósiles, sobre todo de la actividad de la industria y de las emisiones de los vehículos. Un mundo en el que se eliminase su quema y los vehículos se impulsen gracias a energías renovables sería, por consiguiente, un mundo más sano.

“Si se redujesen las emisiones de gases de efecto invernadero tendríamos un aire más limpio, libre de la mayoría de las partículas suspendidas, óxidos nitrosos, dióxido de azufre y ozono troposférico”, señala la doctora Cristina Martínez, neumóloga y coordinadora del área de medioambiente de la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica (SEPAR).

“Algunos efectos se notarían a corto plazo. Por ejemplo, se reducirían las consecuencias de los picos de contaminación, como el aumento de los ingresos hospitalarios. También disminuiría el número de eventos agudos, como infartos, y la dosis de medicación que necesitan las personas con patologías respiratorias y cardiovasculares”, añade Martínez. Poco a poco, y a largo plazo, comenzarían a notarse otras mejoras. Un ejemplo es la reducción de casos de cáncer de pulmón debido a la disminución de la contaminación ambiental por material particulado.

Todo esto tendría también consecuencias económicas. “Se ahorrarían cifras considerables al reducir las hospitalizaciones, la necesidad de medicación y los días de trabajo perdidos debido a enfermedades”, concluye la coordinadora de SEPAR.

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El camino a seguir

Beneficios medioambientales, de salud y de bienestar. Alcanzar un mundo sin emisiones tiene numerosas ventajas, y la alternativa (llegar a los peores escenarios de cambio climático) no es nada atractiva. Si siguen aumentando las emisiones, es muy probable que la temperatura media llegue a subir alrededor de 4,5 ºC a finales de siglo, algo que tendría graves consecuencias para el planeta.

Para evitar este punto y llegar a los niveles más optimistas descritos por el IPCC, con los que se mantendría la subida de la temperatura media entre 1,5 y 2 ºC en 2050, sería necesario alcanzar el nivel de descarbonización más ambicioso. Y esto implica empezar a reducir drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero de forma inmediata, por un lado, y complementar estos esfuerzos con la captura continuada de CO2 de la atmósfera, por el otro.

“Estos umbrales solo son alcanzables si se reducen las emisiones desde ya, es decir, desde el año 2021, y si se captura carbono a gran escala y de manera sostenida hasta finales de siglo”, señala Reyes.

De acuerdo con el profesor del BSC, alcanzar este objetivo es ambicioso y posible a nivel físico. Además, es la única opción posible para mantener la subida dentro de límites razonables para el planeta en el año 2100.

Las empresas y las entidades privadas tienen mucho que aportar para que estas cifras sean una realidad en 2050. En el año 2018, BBVA se comprometió a alinear su cartera de crédito con los objetivos del Acuerdo de París, y desde entonces ha dado varios pasos en firme para conseguirlo.

Entre sus objetivos está el de reducir a cero su exposición a actividades del sector del carbón: la entidad dejará de financiar a clientes cuyos negocios basados en este material representen más del 5% de sus ingresos. Las fechas límite estipuladas para conseguirlo son antes de 2030 en los países desarrollados y antes de 2040 en el resto del mundo.

Además, recientemente ha anunciado los objetivos para la descarbonización de su cartera crediticia en 2030 para industrias intensivas en emisiones de CO2. Se trata de unos objetivos intermedios con la vista puesta en ser neutros en emisiones de carbono en 2050.

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Además, BBVA forma parte de la Net-Zero Banking Alliance (NZBA, por sus siglas en inglés), una alianza cuyos integrantes se comprometen a que todas sus carteras de crédito e inversión sean neutras en emisiones netas de gases de efecto invernadero antes de 2050.

En este sentido, el banco ya consiguió un hito importante en 2020: gracias a la participación en proyectos mitigadores, consiguió compensar más de 120.000 toneladas de CO2. De este modo, resultó neutro en sus emisiones directas de este gas de efecto invernadero.

Además, la entidad tiene otras iniciativas para favorecer la reducción de emisiones, como herramientas que permiten a otras empresas y a sus clientes particulares conocer y mitigar su huella de carbono.

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